Ghostbusters
Afterlife es un canto de amor a una historia y unos personajes icónicos
que dejaron una profunda huella en toda una generación de niños y
adultos de los 80.
Junto con Indiana Jones y alguna otra, estamos
ante un cine de despedida de un mundo que ya no tiene continuidad
posible ni evolución. La aventura murió, la comedia también. Los
personajes que poblaron nuestra juventud se han ido, o se están
arrastrando por las pantallas, y lo más triste es que no hay nadie que
recoja el testigo. Estas películas son un recordatorio de que el final
de todo está ahí, al alcance de la mano. Los mejores días de nuestra
vida quedan ya muy atrás.
Pero no nos pongamos melodramáticos.
Escribo esta reseña, como viene siendo tradición, tras, ya no días, sino
meses, o incluso algún que otro año, de haberla visto por última vez.
Tras un prólogo en el que vemos cómo una misteriosa figura huye en coche
hacia una granja perdida en mitad de ninguna parte mientras es
perseguido por una entidad desconocida que nos recuerda a los perros del
terror de Zuul, y que termina acabando con su vida, la película
comienza con algo que nos hace arrugar el entrecejo: la familia de Egon.
Pues el desconocido que corría no era más que el Cazafantasmas
científico que por lo visto, un día decidió casarse con una señora
distinta a Janine (What?) y tuvo una hija, y un par de nietos, el emo de
Stranger Things y una ingeniera de 50 años en el cuerpo de una niña, y
que sorprendentemente no resulta repelente. Personalmente, no me creo
que el personaje de Egon llegara a formar una familia. Es más
sorprendente que si Venkman hubiera sentado la cabeza. No tiene sentido.
Como tampoco tiene sentido que los compañeros no creyeran su
advertencia de que se acercaba un apocalipsis. ¿Por qué? ¿Qué se
pensaban los otros que era lo del Marshmallow gigante? ¿Un viaje de
ácido al fumar de la pipa de Venkman? ¿Y la estatua de la libertad
caminante? Que por cierto, me da la sensación de que en el "lore" de
Afterlife, ignoran la segunda parte. Curiosamente, en Ghostbusters Imperio Helado, sí que se hace mención a los acontecimientos ocurridos en dicha cinta.
Tras
el deceso del padre y abuelo, la familia se muda a la granja donde
sucedieron los luctuosos hechos porque no tienen dinero ni para
comprarse el 20 Minutos. El espíritu curioso de los niños, y que no hay
wifi a kilómetros a la redonda, hace que descubran que el lugar guarda
todo tipo de Merchandising de los Cazafantasmas: desde el Ecto-1 hasta
mochilas de protones. Antes de esto, hay una conversación que no
recuerdo a qué venía, pero la nieta de Egon dice que no cree en
fantasmas. Con dos cojones. Tiene que ser Paul Rudd, haciendo de Paul
Rudd, el que le ponga a la niña un vídeo VHS de las hazañas de su
abuelo. Y si lo piensas tiene mucha coherencia porque las nuevas
generaciones piensan que el mundo se creó en el momento en que tuvieron
un móvil entre las manos, lo de antes, no existe. El mundo se creo como
su patio de juegos particular. Que hubiera generaciones de seres humanos
viviendo, muriendo y creando cosas, no les entra en la cabeza.
En
resumidas cuentas, Gozer vuelve y los niños y los veteranos
Cazafantasmas, en un cameo que no esperaba, aparición espectral de Egon
incluida, consiguen devolverle de vuelta a Mesopotamia, con Saddam
Hussein. Entre medias hay un bloguero asperger y un interés romántico
adolescente metido a presión, como las uvas tras la cena de nochevieja.
Como
conclusión final, he de decir que la película superó todas mis
expectativas. No esperaba nada y me llevé un par de horas entretenidas,
llenas de nostalgia y recuerdos de un tiempo mejor, cuando el futuro se
esperaba con esperanza y no con temor a que vengan los Navy Seals a
secuestrarte en mitad de la noche porque no quieres usar dólares para
vender petróleo.
El final apuntaba a secuela y años después hubo
una, pero esa, es otra historia. Que no pienso contar porque me pareció
un sacacuartos. Bien hecho, pero sacacuartos. No sé si continuará la
franquicia, pero con este título, hubiera tenido un gran final.

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