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Día Zero

 


Robert de Niro lleva tantos años trabajando en piloto automático a cambio de un suculento cheque que ya no sorprende a nadie. Lo que sí es novedoso es que en esta "Día Zero" actúe prácticamente dormido.

En los Estados Unidos de las Américas, se va la luz un minuto y mueren más de 3000 personas. Partiendo de esa base, podríamos descojonarnos de la trama de la serie. Aquí en España se fue durante horas y, aunque seguro que alguien moriría por dicha causa, no fue ninguna tragedia nacional. Fue un simple martes con una buena anécdota para contar en años venideros. Incluso para mí, que tuve que buscar a un buen samaritano que me dejara una habitación donde pasar la noche porque no pude volver a mi ciudad esa jornada.

En esta ocasión, el ataque es obra de un grupo de hackers desconocido que avisa de que habrá otro ataque. Para impedirlo y descubrir quién está detrás de los malhechores se crea una comisión. Yo pensaba que estas cuestiones de seguridad nacional eran jurisdicción del FBI, NSA, CIA y demás estructuras de control global, pero ya se sabe lo que decía Napoleón de las comisiones. Al frente, la presidente poner al cargo a Robert De Niro, expresidente y divorciado, en detrimento del presidente de la cámara que a la postre sera el villano principal. Porque, a ver, si tú eres un grupo de hackers muy malos y avisas de que habrá más ataques pero no pides nada, está claro que alguien del gobierno hay detrás para cumplir alguna agenda, que normalmente suele coincidir con llenarse los bolsillos de billetes hasta parecer John Candy tras la cena de acción de gracias.

Algo va mal en el mundo cuando ni los americanos hacen ya thrillers político- policiales interesantes. Cualquier temporada de 24 merece más la pena que Día Zero, incluso esa que Jack Bauer se droga porque le han quitado días de asuntos propios.

Durante la miniserie, pues consta de 6 capítulos que se hacen muy largos, tenemos la minitrama de la exmujer de Deniro, la trama de su asistenta, la trama de su jefe de gabinete y la de su hija rebelde y una última trama en la que se trata las voces que escucha el Ex-presidente en su cabeza y que parece que es obra de un arma secreta llamada Proteus, pero resulta resulta que no, que simplemente está cucú porque durante su mandato su hijo se metió hasta miedo muriendo de una sobredosis y no lo pudo superar. Pues todo eso se siente como relleno, poco trabajado y con una relación tangencial con la premisa.

La investigación policial va un poco a trompicones y la hipotética amenaza de un segundo apagón, que se registra en el climax fallido de la serie, es risible para los que vivimos el apagón de abril de 2025. Hay menos tensión que en un partido de solteros contra casados a las 4 de la mañana tras salir del Pub Tropicana.

Lo que no pueden faltar son las dosis de fascismo puramente americano, donde ellos son los buenos del mundo y aquellos que no son vasallos suyos son malos, una visión maniqueista propia de un niño de 4 años en un producto cultural de masas, en la que estas, por definición, compran el mensaje sin cuestionarse nada.

La acusación final de Deniro sobre la responsabilidad del apagón de miembros de ambos partidos podría tener sentido hace 30 años, cuando el cuento democrático era creído a pies juntillas, pero en los tiempos de Trump, si un juez acusa a un miembro de tu partido, se actúa contra ese juez. El sistema no va a permitir nunca que se le ponga en entredicho ni siquiera por aquellos que forman parte de él. Queda más como un patético recuerdo de un mundo que nunca fue, en el que los libros de Ken Follet eran lo más.

Puntuación: 1 de 5 tirones en Orcasitas cuando cae la noche y no hay luz

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